Michelle no come brócoli. Dice que “es feo.” Marcelo se niega a discutir un asunto con Gustavo. Dice que “es un idiota.” La diferencia entre Michelle, de cinco años, y Marcelo, gerente de 45 años, no parece tan grande. Pero las consecuencias para Marcelo son mucho más serias.
Tanto Michelle como Marcelo padecen el mismo mal: la arrogancia ontológica; es decir, la creencia de que nuestra experiencia define la realidad. Marcelo llama “idiota” a Gustavo porque no piensa igual que él. Como todos los infectados por el “virus” de la arrogancia ontológica, se considera dueño de la realidad: cree que sus opiniones son “la” verdad, en lugar de “su” verdad.
La alternativa está en adoptar una postura de humildad ontológica: aceptar que mi perspectiva sobre las cosas no es la única posible. Que mis opiniones reflejan mi reacción ante los hechos, y no los hechos en sí mismos. Esta reacción está condicionada por mi información, mis intereses y mis necesidades.
El lenguaje de la humildad ontológica se basa en la apropiación de mis opiniones y en la consideración de las opiniones de los demás. El diálogo es más rico y productivo cuando se consideran todas las perspectivas; es decir, cuando ninguna se presenta como la única verdad.