Cuando éramos niños, aprender era una alegría. Hacíamos miles de preguntas y amábamos crecer. La gran pregunta es: ¿qué ocurrió cuando nos convertimos en adultos para que el cambio se volviera tan estresante?
La respuesta es que aprendimos algo que no advertimos de niños: que la sociedad no siempre recompensa el cambio. Aprender algo nuevo pasó a ser sinónimo de riesgo. Nos convertimos en “expertos que no admiten lo que no saben”.
El problema es que menos disposición al riesgo conduce a menor innovación. Para habilitar una cultura de innovación, debemos fomentar una cultura segura de asunción de riesgos. Saber que podemos equivocarnos es una característica de la seguridad psicológica. Esta nos permite confiar en nosotros mismos para asumir riesgos, gestionarlos y aprender de ellos.
La clave es la cultura y el liderazgo consciente: al crear un entorno seguro donde las personas puedan conectar con la curiosidad y el juego infantil, comenzaremos a ver resultados extraordinarios en aprendizaje, desarrollo y crecimiento.