Crecí leyendo Un mundo feliz de Aldous Huxley, En el país de las últimas cosas de Paul Auster y El cuento de la criada de Margaret Atwood. Esos mundos me fascinaban, pero lo que más me atrapaba eran las culturas que los hacían posibles: las reglas que la gente terminaba por aceptar, los comportamientos que se normalizaban, los futuros que aprendían a tolerar poco a poco. Mucho antes de formarme como antropóloga, ya me atraía esa relación entre la cultura y el futuro: cómo los sistemas que creamos terminan moldeando nuestras vidas. Esa pregunta nunca me abandonó, y sigue siendo uno de los temas que más me apasionan.
Casi todas las conversaciones que he tenido en los últimos meses sobre cultura y adopción de IA empiezan con la misma pregunta: “¿Está nuestra cultura lista para la IA?”
Es una pregunta válida. Y hoy, casi siempre se plantea en lenguaje técnico: madurez, gobernanza, implementación.
Pero debajo de esa pregunta hay otras que me importa mucho más: “¿Qué le está haciendo la IA a nuestra cultura? ¿Y lo estamos gestionando con conciencia?”
La cultura habilita o limita la integración de la IA
La cultura es la arquitectura invisible que define si una estrategia prospera o fracasa, y creo que esto es tan cierto para la IA como para cualquier otro proceso de cambio que he acompañado. Las organizaciones con alta seguridad psicológica, confianza y orientación al aprendizaje adoptan la IA más rápido, con mayor efectividad y menos fricción. Las que están construidas sobre el control, el miedo o jerarquías rígidas, en cambio, se resisten. No porque la tecnología o el proceso estén mal diseñados, sino porque el sistema humano opone resistencia.
En ese sentido, la cultura es una condición previa para el éxito. Puedes implementar las herramientas de IA más sofisticadas del mundo, pero si la gente no se siente segura para experimentar, si los líderes castigan el error, o si no existe un sentido de propósito compartido que guíe la integración, la IA rendirá por debajo de su potencial o, peor aún, amplificará lo que ya estaba roto.
Un caso que leí recientemente ilustra esto muy bien. En julio de 2026,
MIT Sloan Management Review y EY publicaron un estudio sobre cómo Warner Bros. Discovery escaló su adopción de IA generativa. Lo notable no fue la tecnología que eligieron, sino cómo la lideraron. Plantearon la IA como una herramienta de crecimiento, pensada para ampliar lo que sus usuarios podían lograr y no para reemplazarlos, y avanzaron de forma deliberada desde pequeños pilotos y escalando hacia una capacidad a nivel de toda la empresa, involucrando ejecutivos, definiendo una gobernanza clara y una inversión sostenida en las bases. Mostrando que se necesita liderazgo, gobernanza y, sobre todo, la confianza y el compromiso de las personas que van a usar las herramientas.
Por eso me repito a mí misma y a los clientes que la integración de la IA es, ante todo, un desafío de liderazgo y de cultura.
La IA ya es una fuerza cultural
Hay algo en lo que he estado reflexionando desde hace tiempo. La cultura moldea la integración efectiva de la IA, pero a su vez, la IA también moldea la cultura.
Durante décadas, en Axialent hemos trabajado con un conjunto de palancas culturales muy conocidas, las que, de manera consciente o inconsciente, definen cómo la gente piensa, se relaciona y se comporta dentro de las organizaciones:
-
- Comportamientos: lo que líderes y colaboradores realmente hacen, día a día
-
- Símbolos: lo que se celebra, se reconoce y se hace visible
-
- Sistemas: los procesos, incentivos y estructuras que refuerzan ciertas formas de trabajar
A mi juicio, la IA se está convirtiendo en una fuerza multiplicadora de estas tres palancas, amplificando los comportamientos, símbolos y sistemas que ya existen, para bien o para mal.
La IA funciona como un espejo. Refleja el nivel de conciencia desde el que ya opera una cultura, y luego lo escala. Una cultura basada en la confianza y el aprendizaje incorporará esos valores en sus herramientas de IA y ampliará lo que su gente es capaz de lograr. En una cultura basada en el miedo y el control, la IA también escalará estas características, muchas veces sin darse cuenta. La IA magnifica lo que ya está ahí.
Hoy la IA está presente en cómo nos comunicamos, tomamos decisiones, priorizamos el trabajo, damos feedback y nos relacionamos entre nosotros. Lo reconozcamos o no, ya está moldeando la cultura organizacional, introduciendo nuevas normas y, en muchos casos, creando cultura por defecto en lugar de por diseño.
La pregunta que como líderes debemos hacernos es si estamos gestionando ese efecto con conciencia.
Cada prompt es un acto cultural
Esto se vuelve aún más urgente para mí a medida que entramos en la era de la IA agéntica: sistemas que ya no solo responden a solicitudes, sino que ejecutan acciones, toman decisiones y operan de forma autónoma en nombre de personas y organizaciones.
Cuando la IA agenda nuestras reuniones, redacta nuestras comunicaciones, filtra información y prioriza tareas, está tomando decisiones en nuestro nombre. Y cada una de esas decisiones lleva incorporados supuestos sobre qué importa, qué es eficiente y qué es apropiado.
Pensemos en algo tan cotidiano como un asistente de IA que gestiona calendarios. Con su configuración por defecto, optimizará la eficiencia, programando reuniones consecutivas y ocupando cada espacio libre. Pero si a ese mismo asistente lo instruimos para servir a un equipo cuya cultura valora el foco y el bienestar, va a proteger tiempo para el trabajo profundo, dejar espacio para respirar entre conversación y conversación, y declinar las reuniones que no son necesarias. La diferencia está en los valores que le pedimos seguir. Multipliquemos eso por las miles de pequeñas decisiones que la IA toma todos los días, y podremos ver con qué rapidez puede reforzar la cultura que queremos, o erosionarla en silencio.
¿De quién son los valores que están incorporados en esas decisiones? ¿Son los nuestros? Si no nos hemos hecho estas preguntas de manera consciente, la respuesta es que no son de nadie en particular, o peor aún, son los que trajo la configuración por defecto.
Por eso cómo diseñamos, instruimos y generamos prompts para los sistemas de IA es un acto cultural. Un prompt no es simplemente una instrucción técnica. Es una señal sobre nuestras prioridades, sobre lo que valoramos, sobre cómo queremos tratar a las personas. Las organizaciones que entienden esto van a empezar a incorporar su cultura, sus valores, sus principios y su forma de ser en la manera en que trabajan con la IA. Las que no lo hagan, verán cómo su cultura termina siendo moldeada, poco a poco, por una inteligencia a la que nunca se le pidió reflejarla.
Los valores tienen que habitar dentro de la IA
Esto cobra aún más relevancia a medida que la IA se vuelve más capaz. Si un sistema pudiera algún día aprender, razonar y emitir juicios complejos en diversos ámbitos al nivel humano o superior, no solo asistiría a la cultura: participaría en ella. Modelaría conductas y tomaría decisiones con consecuencias reales, a una escala inalcanzable para cualquier líder humano.
Como amante de la ciencia ficción y las distopías, estas preguntas sobre el futuro de la humanidad y las instituciones que lo moldean me acompañan desde mucho antes de que se volvieran tema de conversación en las salas de directorio. Pero hoy planteo esta pregunta porque apunta directamente al trabajo que ya tenemos por delante. Cuanto más autónoma se vuelve la IA, más necesitan los valores y el ADN cultural de una organización vivir dentro de la inteligencia misma, y no aplicarse después como una capa de gobernanza. Construir un liderazgo consciente de IA no es una preparación para el futuro. Es una necesidad del presente.
¿Por dónde empezamos?
Este trabajo empieza más cerca de casa de lo que la mayoría esperamos. No podemos incorporar en una tecnología valores que nosotros mismos no hemos hecho explícitos. Antes de instruir a la IA sobre lo que importa, tenemos que tener claro qué es lo que realmente nos importa, como líderes y como organización. Es un trabajo incómodo, porque saca a la luz la brecha entre los valores que declaramos y los que realmente vivimos. Pero la IA va a codificar el conjunto que sea real. Cuanta más claridad tengamos de esto, con mayor fidelidad podrá nuestra tecnología reflejarlo.
A partir de ahí, el trabajo consiste en apostar todavía más fuerte por la humanidad. A medida que la IA absorbe más tareas rutinarias, las capacidades que se vuelven más valiosas son el juicio y pensamiento crítico, el discernimiento, la construcción de sentido y saber qué nunca debemos delegar. Nuestra tarea como líderes no es competir con la IA en velocidad o escala. Es aportar la sabiduría, el cuidado y el sentido de propósito que ningún sistema puede generar por sí mismo, y mantenerlos firmemente presentes en el proceso.
La elección consciente
Como líderes, hoy enfrentamos una elección. No una sola vez, sino de manera continua, en cientos de pequeñas decisiones.
Podemos dejar que la IA moldee nuestra cultura de forma inconsciente: aceptando por defecto lo que sugieren las herramientas, escalando lo que resulte más eficiente, permitiendo que la IA ocupe los espacios que el liderazgo no ha definido. O podemos liderar ambas cosas, cultura e IA, con intención.
Es tentador tratar el impacto de la IA en la cultura como algo externo que sucede, impulsado por proveedores y configuraciones preestablecidas. Pero esa postura garantiza una cultura por defecto. La alternativa es hacernos responsables por el impacto: aceptar que alguien es responsable de cómo la IA moldea nuestra forma de trabajar, y decidir que ese alguien seamos nosotros. No la herramienta, no el proveedor, no el modelo del próximo año. Nosotros, ahora.
Hacernos responsables significa tratar la influencia de la IA sobre la cultura con la misma seriedad que siempre les hemos dado a los comportamientos, los símbolos y los sistemas, porque hoy la IA atraviesa los tres. Significa preguntarnos “¿qué tipo de organización estamos construyendo con la IA?” Significa incorporar propósito y valores en la manera en que la IA se diseña, se implementa y se usa, en cada nivel de la organización.
Esto es lo que en Axialent llamamos liderazgo consciente de la IA. No se trata de frenar su adopción, sino de integrarla con conciencia para que a medida que la IA acelera el negocio, también acelere el tipo de cultura que realmente queremos construir.
Las organizaciones que van a prosperar no son necesariamente las que tengan la IA más avanzada. Son aquellas cuyos líderes entendieron, a tiempo, que la cultura y la IA son inseparables, y decidieron liderar ambas, con conciencia.
——-
Dolores Hernández es Directora de Contenidos y Práctica Cultural en Axialent. Conozca más sobre nuestros programas corporativos de adopción de IA.